Todo da asco

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Estoy hasta los putos cojones de la gente que me llora por todo. Sé que esto suena bastante contradictorio viniendo de una persona que tiene un blog que está compuesto básicamente por quejas y palabrotas, pero no lo es. La gentuza de la que hablo se pasa el día quejándose de lo dura que es la vida con ellos, como si para todos los demás fuese un camino de rosas.

El motivo principal que tienen los llorones para rallarte es la pasta. Todo el mundo se queja de que no tiene pasta, de que pagan muchos préstamos y que no van a tener para comer. Todo esto sería digno de pena si no fuese porque esa misma gente tiene un plasma en su casa, se van todos los findes a cenar por ahí y alquilan un apartamento en la costa cuando llega agosto. ¿De qué mierda se quejan si pueden permitirse todo eso? Y, si no pueden, ¿por qué mierda se endeudan con el banco en lugar de vivir acorde a su poder adquisitivo? Menos pamplinas y más realidad. A mí también me molaría ganar más pasta y vivir como un puto rey, pero no voy llorando por las esquinas porque considero que tengo bastante suerte de poder tener todo lo que tengo, poder irme de vacaciones y poder tener un techo, aunque sea a cambio de una burrada al mes durante 40 años. Dejad de victimear, imbéciles, y disfrutad la vida. Coño.

Otro tema es el psicológico. Ya de entrada dices “hay gente que estudió y se gana la vida con esto, ¿por qué tengo que aguantarte yo esta mierda?”. Pero bueno, supongamos que es un buen amigo y le escuchas. Hoy en día todo el mundo está deprimido y/o sufre ansiedad. Se pasan el puto día viendo la tele, viendo a gente guapa, con tipazo, aparentemente rica, aparentemente feliz. Luego se miran ellos y se deprimen porque no se ven así. Hay que ser zopenco para creer lo que se ve en la tele, pero más aun para deprimirse por ello.

salud

¿Y la salud? Hostia puta, cómo me carga la peña que está todo el puto día rallando con lo que le duele o le deja de doler. “Ay, me duele la cabeza”, “buah, vaya dolor de cervicales llevo”, “joder, qué dolor de barriga”. ¿Sabéis qué? ¡Me importa una mierda! A mí también me duelen las cervicales de estar todo el puto día trabajando delante del ordenador; también tengo días que me duele el tarro; también hay días en que me ha sentado mal la cena del día anterior y trabajo con retortijones… pero no rallo al personal constantemente con ello, porque sé que no soy el único. Mención aparte merecen las mujeres que se quejan de la regla a todas horas. A ver, es una maldita putada tener que sufrir eso cada puto mes, estoy seguro de ello, pero después de 20 o 30 años sufriéndolo… ¿no te has dado cuenta ya de que no eres la única y que el dolor no cesa si te quejas todo el tiempo? Intenta llevarlo con un poco más de dignidad.

A toda esta gente los llevaba yo de ruta turística por los hospitales y clínicas del país, por las UCIs y por las plantas para enfermedades raras. Cuando hubiesen visto la cantidad de gente que agoniza, que sufre dolor crónico, que le faltan extremidades, que tienen los días contados… se les irían todas esas tonterías y empezarían a disfrutar de su salud sin rechistar. ¡Cuántos quisieran estar como ellos!

Qué más, qué más… hostia, los que se quejan de que tienen mucho curro. Pfff, cómo cargan estos. Hay peña que se cree que los demás no trabajamos. Se pasan el puto día diciendo que tienen montañas de curro, que están estresados, que no paran, etc. Lo mejor es que este tipo de gentuza suele ser la que más se toca los huevos de toda la empresa. Pero, aunque no fuese así, ¿a los demás qué mierda nos importa? Todos tenemos trabajo que hacer, la sociedad funciona así. A estos me los llevaba yo de excursión también, pero a las minas o al campo. Quizás después de ver como se juegan la vida a diario y respiran humo tóxico durante horas algunas personas se les iban las tonterías (o no).

¡Dejad de quejaros sin motivo, coño, y disfrutad un poco más! Que la vida son dos días y uno os lo pasáis durmiendo.

Me cago en la madre que parió a los que dejan papeles en la luna del coche y en toda su casta.

¿Qué mierda se cree la gente que vas a hacer con el típico cartelito de “vendo piso centro obra nueva” en la luna del coche? Me parece de puta madre que los cuelguen por la calle, en las farolas, incluso que lo encalomen en panaderías pero joder, que no me dejen el mismo puto papelito cada día en el coche. Una cosa es verlos y la otra es tener que sacarlos de tu puto coche.

Además me siento un maldito cerdo porque ya he optado por tirarlas al suelo antes de subir al carro. Pero el cerdo no soy yo, esta gentuza incita a eso. Es como la gente que reparte folletos (también llamados flyers por los gilipollas) de baretos casposos para que la gente vaya. ¿No se dan cuenta de que gastan un montón de papel para que la gente lo tire al puto suelo?

A todos los que ponen papelitos en los coches: sois unos putos pesaos, como os pille un día cerca del mío os corto el brazo a rodajas.

Si eres mujer y estás buenísima, lo siento, probablemente seas imbécil.

Aunque este fenómeno empieza a darse también en hombres, lo cierto es que la inmensa mayoría son mujeres. Los hombres suelen crecerse más con el poder y el dinero, las mujeres sólo necesitan ser atractivas para creerse diosas.

Lo mejor es la mirada perdonadora de vidas. La diva va caminando por la calle mirando a cualquier tío que ose posar sus ojos sobre su cuerpo con desprecio. La diva disfruta sabiendo que frustra los deseos sexuales de los hombres no dignos de catar su cuerpo. Se pone ropa provocativa y luego tacha a todo el que les mira el canalillo o el culo de cerdo salido. Lo más triste, no obstante, es que si un día sale a la calle y nadie la mira con cara de violador se siente como lo que es: una puta mierda.

Las divas existen gracias a los tíos, que somos gilipollas. La mayoría de capullos pierden el culo cuando una diva les pide un favor. Se sienten mejor por haber cumplido los deseos de esa tía que nunca se interesará por ellos, y ellas lo aprovechan. Debo decir que me parece una actitud totalmente aceptable, ya que ellas no tienen la culpa de que los tíos sean tontos. El problema de esta situación repercute negativamente, aunque no lo sepan, sobre ellas. Se acostumbran a conseguirlo todo de forma fácil. En el peor de los casos, tendrán que recurrir al sexo para conseguir lo que quieren. Y cuando digo sexo no me refiero al sexo explícito, necesariamente. Una mirada o un gesto que le proporcione al macho  suprahormonado de turno un indicio de posibilidades será suficiente. Y esto, por desgracia, está muy extendido entre todas las mujeres, digan lo que digan. Pero en el caso de las divas es el modo normal de proceder ante una necesidad.

diva

Todo esto tiene más consecuencias negativas. Al no tener necesidad de esforzarse por conseguir nada, empiezan a desinteresarse por los estudios muy pronto. ¿Para qué estudiar si soy guapa? Lo más típico es que quieran ser modelos o peluqueras. Lo más probable es que acaben siendo pescaderas o dependientas. Todo esto puede variar, aunque lo que nunca varía es que acaban siendo unas inútiles, incultas y estúpidas. Eso sí, con una sonrisa profident que es lo único que les ayuda a seguir con vida.

Hasta que se hacen mayores, claro. ¿Qué ocurre cuando su belleza empieza a irse por el puto váter cada vez que tiran de la cadena? Sencillamente, no lo aceptan. Hay distintos grados de patetismo entre estas féminas. El primero y el peor es el de rebajarse. Cuando los tíos empiezan a mirar a las divas de nueva generación, las divas veteranas se convierten en auténticas zorras más fáciles de llevarse a la cama que una muñeca hinchable. Esto les mantiene el ego más o menos alto unos años más, hasta que llegan al estado en que ningún tío se acostaría con ellas aunque les pagasen. El segundo grado de patetismo pasa por el quirófano. En un intento de vencer a la madre naturaleza, empiezan a meterse en quirófano para que les estiren la piel y les levanten las ubres y poder así seguir manteniendo su estilo de vida. Esta situación puede devenir demencial y llegar a endeudarse y estar pagando su cuerpo durante veinte años.

Es por eso que las divas deben aprovechar su juventud para encontrar al su hombre ideal: un hombre poderoso y con mucho dinero al que puedan sacarle los ojos cuando él se deshaga de ellas por viejas. La máxima prioridad es casarse para arañar todo lo que puedan en el divorcio o quedarse preñadas.

Si eres una tía, eres joven, estás buena y no te identificas con este artículo… enhorabuena. Has superado la prueba.Probablemente haya algo más que serrín entre tus orejas.

En una lengua bárbara que hablan en una isla oculta entre nubarrones al noroeste de Francia la palabra freaky significa algo así como “peculiar, extravagante, fuera de lo común”. En este puto país la palabra ha roto el molde en el que se forjó y ha expandido su significado hasta el punto de convertirse en un comodín.

Por supuesto, en este nuestro casposo idioma no hemos tardado en adaptar la grafía a nuestra forma de escribir. No es raro ver escrito friki o friqui en multitud de lugares. Algunos catetos llegan al nivel de escribir freaki, pero prefiero hacer como si este tipo de cosas ni existieran, me hace la vida más fácil.

En un principio un friki era un tío raro, comúnmente un nota con gran afición a la ciencia ficción y la fantasía, a los ordenadores y la electrónica, al manga y al anime o a alguna otra cosa que no sea tan guay como saber escupir muy lejos. La sociedad avanza, y ahora hasta el más chulo del barrio se pasa las horas delante del PC, probablemente bajando porno y hablando por el mésenller (del cual hablaré otro día). ¿Es este chulo un friki? Claro que no.

Empezó la crisis. ¿Cómo podrían volver a etiquetar a estos bichos raros que no sienten ni padecen si la palabra friki se quedaba corta? Era la hora de la expansión: la palabra friki estaba a punto de mutar. Un día, mientras alguien veía crónicas marcianas tuvo la genial idea de llamar friki al Pozi y a todo el elenco de personajes al que entrevistaba Cárdenas para dejarlos en evidencia aprovechándose de la tara mental que tenían. Esta palabra se transmitió a través del programa nocturno con más audiencia de la época, y la gente de todas las edades no tardó en asimilarla en su vocabulario. Aun recuerdo el día en que vino mi padre y me dijo “¿Has visto a Carmen de Mairena en la tele? Vaya friki”. Me quedé estupefacto. Pensé que mi pobre padre no había entendido el significado que aquella palabra entrañaba. Pero sí que lo había hecho, por lo menos el nuevo significado que estaban transmitiendo por la tele y que yo desconocía por no hacerle caso a esa caja tonta.

Poco tiempo bastó para que la palabra friki y su nuevo significado se expandiese como la pólvora. Pronto los niños del colegio empezaron a llamar friki a sus compañeros menos agraciados, autistas o simplemente zumbados. Los padres empezaron a decirles a sus hijos que no vistiesen como frikis cuando los veían con ropa inapropiada para ellos.

Pero ahí no acabó la cosa. La palabra friki, que ya tenía vida propia, necesitaba nuevos horizontes. Ya no le bastaba ser usada para describir a seres humanos. Decidió pasar a los objetos inanimados. De repente la ropa de Agatha Ruiz de la Prada ya no era estrafalaria, era friki. Cualquier cosa podía ser friki: desde un coche tuneado hasta un bolígrafo con la cara de la rana de los Kellogg’s® en la punta.

Esta situación empezó a estresarme. ¿Qué quedaba de la palabra friki tal y como yo la conocía desde hacía tanto tiempo? En manos de los trolls parlantes estaba siendo deformada y adaptada a cualquier situación. Una vez llegué a escuchar “qué día más friki, hace sol pero llueve”. Aquello fue el colmo. Me tapé los oídos y pensé “esto no puede ir a peor”. Cuán equivocado estaba.

Todavía quedaba una barrera más que romper para la palabra friki: las cosas insustanciales. Algún humorista bastardo decidió que salir a la calle con las zapatillas puestas era una situación friki (¿una situación podía ser friki?). No tardaron en aparecer más expresiones que sustituían cualquier palabra perfectamente válida del castellano con este barbarismo hipersémico. Frases como “sí, Verónica y yo tenemos una relación muy friki” o “ir a Port Aventura y no montarse en el Dragon Khan es muy friki” no tardaron en tomar las calles.

A día de hoy ya me he rendido. He educado mi oído para que no se irrite cada vez que oye una utilización aleatoria de la palabra friki. Me intento tranquilizar pensando que la definición de friki en el futuro será:

  1. Persona con costumbres diferentes a las de los demás.
  2. Palabra que se hace servir como comodín por incultos para suplir el escaso vocabulario del que disponen.

A todos los que me llaman friki por ser informático: ¡a mucha honra! Pero yo soy de los castizos, oigan.

No hay nada más desagradable que levantarte temprano, salir a la calle y pisar una pedazo de mierda.

A mí me parece de puta madre que la gente tenga perros. Incluso la gente que tiene a un dogo alemán en un piso de 55 metros cuadrados. Como no me afecta, me la suda. Pero lo que me jode es la gentuza que deja que su perro se cague en mitad de la acera y se queda tan tranquila.

mierda

Cuando presencio una cagada de perraco con la consiguiente sudada del dueño, me entran ganas de coger con mis propias manos ese pedazo de ñordo y hacérselo comer de golpe al dueño. Le metería los 300g de mierda en la boca y, hasta que no se la tragase, no le dejaría respirar. Pero en lugar de eso, como no soy un psicópata, me limito a decirles “Perdone, su perro acaba de cagar en mitad de la acera”.

En ese momento hay dos tipos de reacciones. La primera, más propia de las mujeres, es la de avergonzarse. Piden perdón y se inventan cualquier excusa barata. En este caso me quedo más o menos satisfecho, ya que les hago pasar un mal rato, que es lo mínimo que se merecen por cerdas. La segunda reacción, más propia de los hombres, es ponerse a la defensiva. Pasar a la arrogancia y empezar a hacer gala de su orgullo. Esto se da sobretodo en señores de cierta edad, que no soportan que un chaval les dé lecciones de civismo (porque claro, somos los jóvenes los vándalos por definición). Sueltan frases en plan “ni que fuera yo el único”, o “para eso pagamos a los barrenderos”. En fin, lo que sea menos reconocer que son unos putos puercos.

En el segundo caso, como parecen no verlo, acostumbro a indicarles con educación que opino que son unos cerdos de mierda. Entonces me voy y les dejo despotricando.

A todos los que dejáis cagar a vuestros perros en la calle: sois unos putos cerdos.

Me saca de quicio la gente que no tiene ni puta idea de lo que es comer bien. Por desgracia entre la gente de mi edad abunda este tipo de deshecho humano que se alimenta de comida basura, pasta y menús infantiles.

Estas personas son capaces de joder a todo un grupo por sí solas. Aunque al 99% del grupo le encante un restaurante porque tienen buena cocina, si al comemierda de turno no le gusta nada de la carta (habitual), no se irá a cenar ahí. Se acabará yendo de tapas a comer grasa en estado puro o a alguna pizzería.

Y es que yo me pregunto cómo cojones no puede gustarle a alguien un carpaccio de ternera al parmesano, o una escalivada, o un pastel de puerros al roquefort. Pues no, esta gentuza sólo come las siguientes cosas:

  • Carne: Pollo, hamburguesa, frankfurt. Incluso hay casos que no llegan ni a estas tres cosas juntas.
  • Pescado: Merluza rebozada pescanova. No los saques de aquí o te taladrarán la cabeza durante toda la cena diciendo que “el pescado tiene espinas” o “sabe a agua de mar”.
  • Pasta: Macarrones o spaghetti a la boloñesa. Algunos casos extremos pueden llegar a probar la carbonara.
  • Fruta y verdura: nada. Si se ponen muy gordos y cogen complejo pueden llegar a intentarlo tímidamente con la ensalada, aunque se la comen a disgusto.
  • Otros: pizzas, patatas fritas/bravas, croquetas y todo tipo de congelados. Este es el menú predilecto de los comemierda.
  • Dulces: helados, bollería industrial. Sin límites. Con esto llenan lo suficiente el estómago entre horas para poder dar por culo a la hora de comer o cenar diciendo que no tienen hambre.

comidabasura

Los comemierda con una consecuencia de la sociedad de hoy en día, en la que nadie tiene tiempo para nada. Y nada incluye cocinar. La gente se atiborra de comida precocinada o cualquier basura en algún restaurante de comida rápida y se acostumbra a ello. Vas por la calle y ves un cartel anunciando unas pastillas que te hacen reducir tripa debajo de un anuncio del McDonald’s. “I’m lovin’ it!”, ¿I’m lovin’ qué? ¿Una hamburguesa tan fina que no se ve si la pones de lado, hecha de sobras, ternilla y mucha grasa?

Estos comedores de mierda compulsivos mantienen a toda la industria de snacks aperitivos (putos barbarismos) y bollería. Además, trasladan sus hábitos a sus hijos y sobrinos. Les dan de merendar pantera rosa con donetes, adobado con unos batidos de fresa y vainilla. Así va creciendo la obesidad infantil y los niños empiezan a consumir recursos de la Seguridad Social a saco, que antes sólo lo hacían los ancianos y, claro, no podía ser. Pues nada, convirtamos este país mediterráneo en yankilandia 2 y bañémonos en colesterol.

A todos los comemierda: aprended a comer, que luego os quejaréis porque llegáis a viejos hechos una mierda.

Estamos en el siglo de los imbéciles. Cuando estudien historia en el año 3.000 dirán “siglo XXI, el Imbecilismo Aparentil”.

Y es que a la gente hoy en día lo único que le preocupa es aparentar, especialmente aparentar que se tiene pasta. Curioso porque la gente con más pasta que conozco son de lo más normales. Cuando ves a un tarado que se baja de un cochazo con un traje caro y un móvil de última generación hay varias cosas seguras:

1. El coche lo está pagando a plazos, probablemente en 10 años.
2. El traje lo ha sacado de un outlet. Es de la temporada pasada, pero como es un imbécil se cree que se queda con la peña porque lleva un traje de esa marca.
3. El móvil lo ha conseguido cambiando de compañía gratis.

Es curioso como la gente, a la que hace un poco de pasta, se obsesiona por demostrarlo. Lo que más importa es que se vea claro que ganas panoja… aunque no la ganes. He ahí la paradoja.

Esta panda de payasos llena el frigorífico de productos del mercadona, da mil vueltas para aparcar antes que meter el coche en un parking y se lleva fiambrera al trabajo para no dejarse la pasta en comer fuera cada día. Son miserables en extremo y jamás salen solos ni se van de vacaciones. Su máxima es ahorrar todo lo posible para luego gastárselo en productos de lujo que pagarán a plazos.

Debo admitir que estos retrasados tienen una cualidad admirable: su espíritu competitivo. Nunca pueden dejarse humillar por su vecino. Si el vecino se compra un Audi, ellos se compran un BMW. Si el vecino tiene asistenta, ellos contratan a un jardinero, un bedel y un mayordomo.

A veces la situación se les va de las manos y el tren de vida que llevan empieza a descarrilar. Es por eso que esta gente acostumbra a acudir a los bancos para alargar las hipotecas o pedir otro préstamo. Nunca, repito, NUNCA admitirán que están viviendo por encima de sus posibilidades y que deberían deshacerse de algo o no comprar lo que quiera que deseen comprar. Son tan sumamente gilipollas que les compensa trabajar doce horas al día para poder tener aparcado un cochazo en la puerta y llevar un reloj de una carísima firma italiana. Tienen un interior tan pobre que no les importa no poder dedicarse tiempo a ellos mismos, lo único que les importa es que los otros inútiles que tienen un grado de retraso mental semejante se queden con la boca abierta al verlos pasar con sus propiedades.

Por suerte, existe una forma de distinguir a estos tontos. La realidad es que esta gente son catetos. Son gente de la calle, que no se mueve en los círculos de la alta alcurnia. Estos no les interesan porque no pueden vacilar delante de ellos, más bien todo lo contrario. En esos círculos llevar una camisa de la temporada pasada puede significar la marginación social, de modo que la técnica de los outlets no sirve. Esto provoca que no tengan ningún sentido del gusto y/o de la moda. Su única preocupación es hacer ostentación, de modo que sólo compran ropa en la que el logotipo o la marca sea bien grande y se pueda ver desde el final de la calle. Es fácil distinguirlos porque no combinan la ropa y porque te observan para ver si tu mirada se dirige hacia el logotipo de su polo. Otra forma de distinguirlos puede ser la excesiva repetición de vestuario. Existe un nivel de patetismo entre los individuos de esta calaña que les lleva a comprarse dos camisas para llevarlas los días de diario (no tienen dinero para comprar más camisas de esa marca). ¿No sería mejor comprarse más camisas y poder cambiar a diario? A mí por lo menos me da una mejor imagen alguien que se cambia cada día de ropa que alguien que pasa tres o cuatro días con la misma puta camisa, por mucho Versace o su puta madre que sea. Joder.

A todos los que viven por encima de sus posibilidades: no tenéis ni puta idea de lo que es disfrutar de la vida.


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